MANDELA Y SUDÁFRICA: UN POCO MÁS REALES

 

Por Omar Carreón Abud

 Nelson Mandela murió a la edad de 95 años, luchó y sufrió muchísimo durante su vida, estuvo prisionero del régimen del apartheid durante 27 años. Mandela se identificó con el pueblo negro de Sudáfrica y sintetizó buena parte de sus aspiraciones; quienes lo conocieron personalmente destacan como una de sus grandes cualidades la sencillez, don extraordinario, poco común, hoy que los presumidos, altaneros y vanidosos parecen ser lo único que existe.

En la Sudáfrica de hoy, hay 48.6 millones de habitantes, el 79% son negros africanos, el 9.6 son blancos, razas que coexisten con otras minorías raciales de menor importancia. En Sudáfrica, el Producto Interno Bruto (PIB) cayó en 2009 un 2% y, apenas hasta el año pasado, la economía del país logró crecer un modesto 2.5%, crecimiento que, como en el resto del mundo capitalista, no se refleja en bienestar para la mayoría de la población. El desempleo, la pobreza y la desigualdad siguen siendo una cruda realidad.

Oficialmente se reconoce que el desempleo alcanza al 25% de la Población Económicamente Activa, pero, entre los jóvenes de entre 15 y 24 años, el desempleo llega al 49.8%, la mitad de la nueva generación no tiene trabajo. En cuanto a la desigualdad, debe saberse que el 10% de la población más pobre se queda con un ínfimo 1.2% de la riqueza, mientras que el 10% más rico se lleva a su casa tanto como el 51.7% de la riqueza producida; un abismo divide a las clases sociales.

Los ingresos anuales de las familias de raza negra se triplicaron entre 2001 y 2011 y un porcentaje cada vez mayor asiste a la preparatoria y hasta a la universidad; pero, en 2001, las familias blancas ganaban cerca de 17 mil dólares al año más que las familias negras y, ya para 2011, la disparidad había llegado a ser de casi 30 mil dólares. No es todo: un 31.3% de su población está abajo de la línea de pobreza.

Todo ello se refleja en la sobrevivencia y en la esperanza de vida de la población: en Sudáfrica, mueren 42.15 niños por cada 1000 nacidos vivos (en comparación, en Cuba, sólo 4.76) y en el país africano, la esperanza de vida al nacer es de 49.48 años (mientras que en Cuba es de 78.05). No son muchos, pues, los cambios de los que puede estar orgullosa la población negra y, uno de los datos más escalofriantes que reporta Sudáfrica es el siguiente: hay 5.6 millones de personas que tienen SIDA, que equivalen al 17.8% de la población adulta; es el país que tiene más muertes por SIDA en el mundo.

Aquí, como en muchísimos países del mundo, riqueza no falta. No, nada de eso. Sudáfrica es el productor más importante de platino, oro y cromo en todo el mundo.Exporta oro, diamantes, platino y maquinaria y equipo. El gobierno se lleva por impuestos el 26% del PIB (en México, con la reforma fiscal el gobierno no alcanzará el 15%). Con eso, desde el fin del apartheid, el gobierno ha construido más de dos millones de casas, llevado la electricidad a millones de personas e incrementado sensiblemente el acceso de la gente pobre al agua potable. No obstante, el problema que representan estos servicios básicos para la población está lejos de haber sido resuelto.

La integración racial sigue siendo una aspiración. Se sabe que menos del 40% de los sudafricanos socializa con gente de otra raza, que sólo 22% de los blancos y, una minoría más pequeña todavía, de sólo 5% de los negros, viven en colonias racialmente integradas; siguen viviendo, pues, cada quien por su lado y no es ya sólo por el color de la piel, sino por la condición económica que es la línea que divide a los hombres en la era en que vivimos. ¿Y en las escuelas? Sólo 15% de los negros va a escuelas integradas y sólo 11% de los blancos. El apartheid, más que ser destruido, se agotó y abrió paso al capitalismo, es decir, al enriquecimiento “legal”, “democrático”, de unos cuantos a costa de la inmensa mayoría de la población. En Sudáfrica subsiste la dramática división social de los muchos que producen la riqueza y los pocos que se quedan con ella.

Nelson Mandela dirigió un partido que libró la lucha armada contra el gobierno del apartheid, pero cuando salió de la prisión pregonó el perdón y la armonía, negoció el fin pacífico del gobierno blanco e instauró una nación jurídicamente multiétnica. Cuando Mandela fue presidente exhortó a los negros a ser pacientes para gozar de los bienes materiales y servicios que hasta los blancos de clase baja tenían garantizados y llamó a los blancos a tener confianza en la democracia multirracial y a no abandonar el país. Mandela llevó la reconciliación hasta tal punto que algunos negros, entre ellos, WinnieMadikizela-Mandela, su exmujer, se quejaron de que no se había dado suficiente prisa para estrechar la amplia brecha entre la mayoría negra pobre y la minoría blanca acomodada

Luego de salir de la cárcel, Mandela llegó a ser presidente de Sudáfrica; cuando tomó posesión el 10 de mayo de 1994 dijo: “Nunca, nunca, nunca jamás volverá a experimentar esta hermosa tierra la opresión de uno a manos de otro”. Ahora se ve que la realidad actual está lejos de estas declaraciones. La vieja lucha de los oprimidos no consiste, pues, en dejar de ser discriminados por razones de raza, género o religión para pasar a ser simples productores libres, iguales, respetados, de la riqueza que otros se llevan. La larga marcha de la humanidad por su liberación definitiva no consiste en terminar con un negro discriminado o con una mujer oprimida para transformarlos en esclavos asalariados del capital. 

El importante desarrollo capitalista de Sudáfrica con su cauda de sufrimiento para las grandes masas, encabezado en lo fundamental por los mismos que implantaron, sostuvieron y se beneficiaron del apartheid desde dentro y desde fuera, explica la presencia en los homenajes a Nelson Mandela de poderosas personalidades imperialistas como Obama y Cameron (que se divirtieron y se tomaron una “selfie” con la Primera Ministra de Dinamarca), Hollande, Bush, Blair, Sarkozy y otros. Pero los hechos visibles expresan, aunque no con la claridad que deseáramos, la realidad oculta tras ellos: en la ceremonia fúnebre celebrada en el “Soccer citystadium” estuvieron las más altas personalidades de los países más poderosos de la tierra, pero el pueblo sudafricano no llenó el graderío del estadio principal de Johannesburgo y empezó a marcharse en masa antes de que terminara la ceremonia.

 
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