(Tomado del libro “Nayarit 1975: Los Muros del Porvenir”)

Aquel día Nayarit se levantó muy temprano. Como un verdadero ejército popular se acató al pie de la letra la magna consigna: a las cinco de la mañana, todo el pueblo, listo. No era para menos, ese domingo se definiría el destino de la región y ¿por qué no? de la República entera.
Fue el 9 de noviembre de 1975. La organización y estructura ciudadana se encontraba perfectamente engrasada. Los comités del pueblo, sembrados por cada rincón de Nayarit, serían los comisionados para organizar y estimular la presencia del elector ante la casilla y defender su voto. Las tareas estaban predeterminadas con exactitud matemática. Unos, a estar en las casillas desde las siete de la mañana, una hora antes de la instalación legal. Otros preparando comida tanto para los cuidadores directos de las mesas como para quienes estarían a distancia vigilándolas y auxiliando a éstos; defendiendo el voto. Algunos más, avisando de casa en casa que habría que cumplir el deber de votar por el cambio profundo y radical. En verdad, todo un conjunto de fuerzas del pueblo, perfectamente coordinadas, en la idea de ganar la gran batalla política. Nada ni nadie falló, todo estuvo fríamente calculado. A las ocho de la mañana cada quien estaba firmemente ubicado en su puesto, cumpliendo paso a paso tal cual los destacamentos militares mejor organizados del mundo. Decenas de miles se encontraban bien colocados en el sitio que la dirección les dio.
Desde temprano, las filas de votantes eran largas, muy largas. Todas las casillas en el estado se encontraban en la mañana visitadas por decenas de miles de electores. Algo nunca visto. Ante el espectáculo popular, los del PRI decían: “ya perdimos” y los dirigentes del socialismo musitaban “ya ganamos”. Y es cierto: cuando el pueblo acude a las urnas el partido oficial no triunfa. Este fue el caso.
Comenzaron las órdenes. El operativo para el fraude estaba montado, todo bajo el control de elementos del Ejército y altos funcionarios y dirigentes del Partido Revolucionario Institucional venidos expresamente desde la ciudad de México y otras partes del país. En los hechos los órganos electorales encargados legalmente de conducir el proceso estaban desplazados, no contaban. La Comisión Federal de Electricidad (CFE), fue el centro de operaciones de donde por radio se ordenaba “detengan la votación”; “hagan lenta la afluencia de electores”, “no reconozcan al representante de la oposición”, “despidan al de la izquierda”, “aprehéndanlo”, “hay que golpearlo”, “llévense el ánfora”, “no cuenten los votos”, “no entreguen el acta de escrutinio”. Todas estas fueron consignas dadas para consumar el fraude que había iniciado meses antes con una serie de cínicas, desvergonzadas y claras violaciones a la ley. El pueblo resistió hasta el último momento. Hubo casos en que las filas de ciudadanos permanecieron firmes, esperando emitir el voto, incluso, hasta el mediodía del lunes 10 de noviembre, desusado tiempo en que varias mesas electorales clausuraron la votación: 28 horas votando. Este hecho jamás se había visto en elección alguna; se podría decir que hasta con cierto fanatismo el pueblo esperó y esperó, pacientemente, para poder votar, como si se tratase de una prueba de resistencia y no de velocidad. Después de veintitrés años concluimos que el pueblo tuvo razón, la pelea es de largo plazo. Los que esperaron, se desvelaron y votaron, lo hicieron para que hoy se viva un ambiente más democrático. Nayarit fue pionero. Nayarit construyó los muros de ese gran edificio que se llama democracia tanto del ahora como del porvenir.

El ultraje principió meses antes, desde la campaña

El gobernador Gómez Reyes, haciendo caso omiso al mandato de la Constitución, participó abiertamente en apoyo de los candidatos del Partido Revolucionario Institucional, vociferando en cada oportunidad contra la fuerza socialista, definiéndola, según sus propias palabras, como “anarquistas, mentirosos y demagogos” El 19 de octubre estuvo en el mitin de Santiago Ixcuintla, al lado de Flores Curiel, según ellos, para contrarrestar el de Alejandro Gascón Mercado en Tepic, cosa que fue imposible; no pudieron; salieron tremenda y vergonzosamente derrotados; el pueblo nayarita se reunió masivamente en la capital registrando el acto de masas más grande e impresionante que hasta la fecha se ha realizado.
La Cámara de Diputados fue juez y parte: dentro del proceso era autoridad electoral, pues integraba también el órgano legal supremo encargado de conducir las elecciones. El legislador Ignacio Langarica Quintana, siendo representante del Congreso ante la Comisión Estatal Electoral, fue uno de los organizadores y activistas del partido oficial, participando, sobre todo, en eventos patrocinados por la Sección XX del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).
Además, centenares de obreros nayaritas fueron despedidos por simpatizar con el candidato popular. La Confederación de Trabajadores de México (CTM) usó y aplicó la cláusula de exclusión. Con estas decisiones no sólo se presionaba a las fuerzas del trabajo a apoyar y votar por el PRI sino, con ello, el ambiente se hacía más hostil y tenso, porque, en efecto, no hay mayor violencia que la que conduce al desempleo y al hambre.
El SNTE coaccionó e intimidó a la clase magisterial en todo el curso del proceso electoral. Fue tal su desesperación que, sin importarle la letra de la ley, celebró, 24 horas antes de los comicios, una reunión de campaña transmitiéndola por radio y televisión.
Muchos créditos fueron negados y retirados a los campesinos nayaritas. La Confederación Nacional Campesina (CNC), y uno de sus cuadros prominentes, Armando Trigueros Guerrero, candidato a la alcaldía de San Blas, amenazó a diestra y siniestra a los hombres del campo con cancelar sus servicios bancarios de no apoyar y votar por el PRI.
Tres decenas de empleados de la Secretaría de la Reforma Agraria (SRA), fueron removidos a la ciudad de México por considerarlos “sospechosos” de favorecer a la corriente radical y democrática.
El Fondo Nacional de Fomento Ejidal (Fonafe) rescindió contrato de empleo al arquitecto Javier Ríos Ávalos. Su delito: simpatizar con el candidato del proletariado.
La empresa Tabacos Mexicanos (Tabamex) también despidió de sus trabajos a Jorge Careaga Pérez, Ernesto Partida Zamudio y Marco Antonio Borrego Larios por colaborar en la campaña de los socialistas, además de correr a muchos obreros por seguir al aspirante opositor.
El gobierno federal estaba bien metido en la campaña priísta. Las secretarías de Recursos Hidráulicas y Obras Públicas, así como la Comisión Federal de Electricidad, tres días antes de las elecciones, difundieron por todo Nayarit que los proyectos realizados y por ejecutarse, se emprendían gracias a la gestión del candidato Flores Curiel.
La campaña anticomunista fue feroz y desatada no por la derecha tradicional, sino que partió desde el gobierno y los círculos más encumbrados del PRI.
Los comités distritales y municipales electorales no reconocieron a los representantes del socialismo, trabajando de manera unilateral, por lo que, por ejemplo, no se cumplió cabalmente el mandato legal referido a la publicación de listas provisionales y definitivas de ubicación de casillas. Lo mismo ocurrió con la entrega de materiales electorales para el día de los comicios, situación que puso en manos ajenas a los órganos electorales el manejo de tales elementos.
El padrón de electores se infló como nunca. Existía entonces una población de 600 mil habitantes en el estado, según los censos oficiales; a fines de agosto de 1975 se reportaron 290 mil ciudadanos inscritos pero dos meses después se dijo que había cien mil más, es decir, un total de 390 mil electores registrados, algo verdaderamente inusitado: ¡más del 70 por ciento de la población estaba en edad de votar!
El día de la elección, el gobernador Gómez Reyes, haciendo gala de su carácter iracundo, temperamental y delirante, recorría casillas con el abierto propósito de infundir miedo a los electores y de que éstos sufragaran a favor del partido gobernante. Se dio el caso de que la profesora Esthela Flores fue amenazada de encarcelamiento directamente por el mandatario porque en calidad de representante opositora ante una mesa electoral, defendía en forma puntual y con pasión de militante por una causa elevada y superior, la legalidad del proceso.
La Comisión Estatal Electoral fue suplantada en el control de las elecciones. Metieron cuatro “auxiliares” por casilla, todos traídos de diferentes puntos de la República. Se trataba, a como diera lugar, de no permitir que la fuerza de la nueva revolución gobernara una entidad en el país. Desde la central de radio instalada en la Comisión Federal de Electricidad se controló todo. El operativo fue dirigido por cuadros del Ejército y altos funcionarios del PRI.
Incuestionablemente, hubo control militar de las elecciones: algunos soldados intimidaron ciudadanos; golpearon y aprehendieron a otros. Un significativo porcentaje de sufragantes tuvieron que ejercer su derecho al voto abriéndose paso entre las metralletas. El Ejército no sólo impidió el acceso a elegir sino que además secuestró ánforas. La dirección del partido opositor al Revolucionario Institucional, a las 23 horas de aquel 9 de noviembre emitió una declaración afirmando que en muchos lugares de Nayarit se vivió en un estado de sitio, “se vio la cara del fascismo”, señaló sin rodeos y en forma directa la oposición.
Complementariamente, en todas las casillas hubo propaganda del PRI y ninguna protesta valió. En un buen porcentaje de mesas electorales no se reconoció la personalidad de los representantes de la oposición; en muchas otras las firmas fueron falsificadas; un número importante de centros de votación, donde los lombardistas triunfaron, el acta de escrutinio no fue entregada. Donde se calculaba que los opositores iban triunfando, los comicios fueron clausurados; en más de un centenar de casillas, las ánforas se secuestraron.
Las boletas electorales quedaron en los montes, fueron arrojadas a los ríos, quemadas o embodegadas; imposible conocer las cifras exactas.
El 10 de noviembre el PRI declaró que Flores Curiel obtuvo 59 mil votos. Tres días después desmintió la versión: dijo que su candidato había alcanzado la cifra de 75 mil sufragios: ¡en 72 horas sumó 27 por ciento más! La mentira y confusión permanentes fue parte de la estrategia del fraude.
Los cómputos en los comités distritales y municipales electorales fueron conducidos por personas ajenas a las directivas oficiales nombradas, después de darse un manoseo descarado a los paquetes electorales.
Así se consumó el fraude electoral más grave que se haya registrado en la historia de México. Los círculos financieros internacionales, la derecha nacional, la fuerza del estado mexicano y la burocracia parasitaria local orquestaron el ultraje al pueblo de Nayarit. Su gran temor: de no hacerlo, una sólida y consecuente corriente del socialismo gobernaría Nayarit. Con solo pensarlo, se aterrorizaban. Si los trabajadores iban a tener el poder político en un estado del país, eso iba a trascender a lo largo y ancho de la República Mexicana, mientras que para el imperialismo, un proceso de estas características en Nayarit y en México, significaba mayores riesgos que el de Chile con la Unidad Popular y Salvador Allende al frente.
Definitivamente, en aquel domingo 9 de noviembre de 1975 se vio el rostro del fascismo en Nayarit.

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