2 de Noviembre de 1968. Cuatro semanas después de la masacre. Día de muertos. Plaza de las Tres Culturas. Tlatelolco. Ciudad de México, capital del país. Punto de confluencia. Amigos, familiares, compañeros y hermanos de los caídos. Siguen los desaparecidos. La búsqueda es intensa. De muchos finalmente nada se supo, quedaron en el olvido, aunque registrados en la bitácora de la memoria histórica. No está el recuento total de los asesinados. No hay rastros de sangre. Fue barrida. La plancha, lavada. Flores, veladoras, arreglos, rezos, sempasúchil, plegarias, la v de la victoria. El país no es el mismo. Cambió. Es otro. El costo, alto, dolió. Bien dicen: los partos cuestan, duelen, por contraparte, son hermosos, presentan criaturas nuevas, que incentivan, mueven, animan. Eso pasó con aquel suceso, parteaguas de México, esto, reconocido por tirios y troyanos, ya.

México ya no será el mismo. Ya no fue el mismo. Uno fue México antes de 1968 y otro fue después de 1968. La conciencia social creció. Más libertades, más apertura. Vino el registro al Partido Comunista Mexicano, el de Pablo y Arnoldo.

Nadie supo cuántos fueron. Contar muertos no es nada fácil. Díaz Ordaz, el asesino, siempre lo ocultó ¿Decenas? ¿Centenares? ¿Miles? Lo cierto es que la sangre fertilizó y abonó la tierra mexicana que alumbró un país con perspectiva democrática.

Allí están los resultados. Se vino la conquista del gobierno popular en Tepic cuatro años después. Un jalón rumbo a la construcción del Poder Popular. Esto, en el marco del proceso histórico de Chile con Allende a la cabeza. El imperio entró en ataque de nervios, estaba terrorificado. No se arriesgó. Se fue a la cabeza. Primero Allende y, enseguida, Alejandro Gascón Mercado, dos paradigmas de la Revolución en América Latina.

Luego, después del 68, se vino lo de Cuauhtémoc 20 años después, en el 88. El país se cimbró. Aquí se demuestra que las masas siempre están listas para la democracia. Se cayó el sistema. Los votos desaparecieron, como por arte de magia, en un santiamén, en un abrir y cerrar de ojos. Contundente el triunfo del Ingeniero sobre el usurpador Salinas de Gortari. Impresionante el resultado. Nadie lo esperaba así. Ni los aparatos de inteligencia del Estado. La CIA tampoco le atinó. Las masas mexicanas despertaron. Claro, en Cárdenas, el del 88, estaba presente el General, el de 1938 y el de siempre, el eterno, al que se le sigue tratando como el gran guía de los mexicanos, el personaje que, en regiones, sigue siendo un santo, al que todos los días se le prenden y ofrecen veladoras.

En el 68 yo tenía 17 años. Jugaba mucho basketbol. Recuerdo la noticia. Apenas si llegaba al rancho. Pero llegó. La radio era el medio que dominaba entonces. La televisión apenas comenzaba. “Hay muchos estudiantes muertos” se decía. No se puede ir ahorita a la capital. Hubo quién se le ocurrió comentar que iría a la ciudad de México a visitar familiares. “No vayas te van a matar”, era la respuesta y recomendación, generalizada. En fin, el suceso llegó a todos los rincones de la patria. De que el 68 cimbró, cimbró al país, no hay duda.

En un cine de la ciudad de México. No recuerdo cual. Probablemente uno de la Colonia Roma. Viendo Rojo Amanecer donde sale María Rojo y Héctor Bonilla. La cinta que censuró Echeverría por la matanza, por eso, nomás por eso. Pero, al fin, en la pantalla grande, abierta al público. La sala llena, completamente llena, ni una butaca vacía. Evidentemente, taquillera la producción. Silencio, absoluto silencio, mientras pasaba la película. Al terminar, las luces. Nos veíamos. Todos llorando, consternados, profundamente conmovidos por las escenas que fueron reales llevadas creativamente a la pantalla. Tal vez, algunos de los presentes en la función, fueron testigos, allí estuvieron, o, mínimo, recordando al hermano, al primo, al amigo, al compañero, al familiar o al conocido, o al paisano, que perdió la vida en la irracional masacre, con el sello del fascismo.

16 años después. La expectativa era grande. Que los comunistas entrarían al Zócalo. Que sí. Que no. Que quién sabe. Nadie pisaba el espacio por motivos reivindicativos después de la masacre del 68. El corazón político de México cerró sus puertas a las manifestaciones de protesta. Aquella estremecedora marcha del silencio donde sólo las pisadas se escuchaban estaba siempre presente y era un referente poderoso para los hombres del poder que se asustaban hasta de su propia sombra. López Portillo, el mismísimo Presidente dio la cara, le entró al debate, advirtiendo, autoritariamente, que los comunistas, con Arnoldo, no ocuparían el espacio para llevar a cabo allí su cierre de campaña presidencial. La gente se impuso. Con las masas en lucha nadie puede, ni el imperio más poderoso. Aquí se vio, se comprobó. Arnoldo y Alejandro al frente. Cuando le toca la tribuna al nayarita el Zócalo se incendió. Muchas veces le escuché el comentario al mejor alcalde que ha tenido la ciudad de Tepic que, de pronto, vio todo rojo, el Zócalo cubierto del color de la clase obrera en combate, de ahí, pues, el chispazo y la frase memorable, que hizo historia y leyenda: ¡ESTE ES EL ZÓCALO ROJO!

Era claro, después de la masacre hacía 16 años, en el 68, aquel funesto suceso se convertía en el Zócalo Rojo, anuncio del México democrático que vendrá, que ya viene, que ya alumbra, pero que, necesariamente, tendrá que nacer, por razones sociológicas e históricas.

El Búho. Eduardo Valle. Fue sin duda de los personajes del 68. Líder estudiantil. Preso político. Aprehendido el merito 2 de Octubre. Tuve el honor de contar con su amistad. Todavía antes de su deceso él radicado por razones políticas en los Estados Unidos, de vez en cuando, nos comunicábamos. De haber llegado Colosio el Búho hubiera sido Procurador de la República. El liderazgo como parlamentario de Eduardo Valle cautivó a Colosio siendo ambos parte de ese colectivo del Congreso de la Unión en el cual el líder del 68 se ganó el papel del diputado estrella en aquella legislatura. Varias veces tocó el tema del 68 con nosotros. Sentía orgullo. Sentía satisfacción de haber formado parte de aquel suceso. Decía el Búho que el movimiento del 68 en México fue un renacimiento de la patria. Y el Búho tenía razón.

Por eso, a 45 años de aquel suceso, decimos: DOS DE OCTUBRE NO SE OLVIDA.

 

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