Al inaugurar la 68 Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, sin lugar a ninguna duda, defendió y representó no sólo a su país, sino a toda la América Latina, así como a todos los pueblos de la tierra.

Incuestionablemente, Dilma es ejemplo de dignidad.

Su discurso la coloca en uno de los sitios privilegiados entre los jefes de Estado, en el presente, pero, así mismo, entre los más destacados y brillantes, a lo largo de la historia universal.

Improvisó. En los pocos más de veinte minutos que habló en la tribuna más alta del mundo nunca leyó un texto, vaya, ni siquiera consultó notas o cifras. Todo improvisado. Todo de memoria, como dicen en mi pueblo.

 Se observó a una Dilma segura, firme, vertical, inteligente, muy inteligente, con evidente y clara sabiduría, bien informada respecto a los problemas del Brasil, lo mismo que en los asuntos de América Latina, pero, al mismo tiempo, con un manejo exacto y preciso de aquellos conflictos por los que atraviesa actualmente la humanidad.

Brasil, de este modo, juega, indudablemente, un rol de liderazgo en la región, pero, también, en el mundo. Ello, no sólo por el peso geográfico de esta tierra de nuestra América y el tamaño de su población (200 millones de habitantes), sino, por el perfil personal y los dotes individuales de su Presidenta, la compañera Dilma Rousseff.

Dilma enfrentó al imperio. Sin rodeos. Fue al grano, muy directa. Al pan pan y al vino vino. No anduvo con medias tasas. No le importó ni le preocupó que Obama, el representante del imperio, enemigo de los pueblos, hablaría después que ella.

Pronunció su discurso con la firmeza y energía que lo exige el momento.

Dilma fue la voz de miles de millones, tal vez, fue la voz de siete mil millones, los que somos ya en la tierra, quienes, es seguro, esperábamos ese tono y ese lenguaje. Estamos felices  luego de las palabras de Dilma en la ONU.

Nunca se arredró ni se humilló ni se sometió ni se quebró ni estuvo de rodillas, como pasa con otros.

Altiva, muy altiva. Tal cual es la mujer del continente, tal cual es la mujer americana.

Eso sí, su presencia mostraba la soberbia de nuestros pueblos frente al imperio. A la soberbia imperial hay que tratarla y enfrentarla con la soberbia patriótica y nacionalista de los pueblos de nuestra América. Así, tal y como lo hizo Dilma en la tribuna de la ONU, la más alta que tienen los pueblos del planeta.

Nos representó muy bien.

Las mujeres latinas sienten orgullo que Brasil sea dirigido por una mujer que tiene el talento, el corazón  y los tamaños de Dilma Rousseff.

Esa postura y esa actitud, sin duda, la ubican en el trayecto de la reelección.

 Las grandes masas brasileñas, los trabajadores de este país, están bien dirigidos y muy bien representados por la compañera Dilma.

Las grandes masas de América Latina también, están muy bien representadas por la Presidenta de Brasil, que sabe muy bien, cómo defender el interés nacional y el social. Ese, justamente, es el camino de nuestros pueblos. No hay más. No hay otro.

Dilma no le falló a su gran maestro. Dilma no le falló a Lula. Sigue al pie de la letra su camino, la ruta que le enseñó y dejó el Ex Presidente del Brasil.

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