Por ser una necesidad del presente pero, sobre todo para el futuro de la República, debe escribirse en nuestra Ley Suprema, que el petróleo y la electricidad, en su calidad de recursos que constitucionalmente conforman de manera preponderante la PROPIEDAD NACIONAL, son intocables.

Histórica y moralmente, son imprescriptibles. No así, si perversa y degeneradamente nos guiamos por la actual gramática constitucional, la cual, tiene redacciones que los vendepatrias —refiriéndonos a quienes están al frente del Estado mexicano y en este momento tienen la hegemonía en el gobierno salidos de los dos partidos el PRI y el PAN que sostienen este entreguista e injusto modelo— antinacionalmente interpretan para intentar asestarle el golpe definitivo a nuestro país.

ESCRIBIRLO CON TODAS SUS LETRAS

Los constituyentes de 1917, incorporaron el concepto PROPIEDAD NACIONAL en el artículo 27 de nuestra Constitución Política, a través del término “corresponde a la nación el dominio directo”, equivalente a lo mismo, considerando en esta figura al petróleo, para, después, otros parlamentarios, en la ruta señalada por los mexicanos que hicieron la Carta Magna vigente, igual, a la industria eléctrica nacional.

La Constitución mexicana, ofrece la lectura, en su artículo 25, que hay en este país, tres economías, siendo éstas, la economía estatal (pública), la economía privada y la economía social, emanadas, de los sectores formales de la economía que aparecen con el mismo nombre: el sector público, el sector privado y el sector social.

De tales conceptos, se deriva el tipo o el carácter de la propiedad: propiedad estatal o pública, propiedad privada y propiedad social.

La PROPIEDAD NACIONAL está ya escrita en la Constitución, como lo señalamos y, no es ocioso repetirlo, a través del renglón “corresponde a la nación el dominio directo”; sin embargo, debe precisarse contundentemente, con todas sus letras, que ésta, la PROPIEDAD NACIONAL, es superior y tiene un rango mucho más elevado, que la propiedad pública o estatal y, que, por tanto, aquella, la PROPIEDAD NACIONAL, por ser herramientas estratégicas indispensables para el desarrollo del país, no se tocan, nadie las puede ni las debe tocar, ni el Presidente de la República, ni el Poder Legislativo nacional, nadie, absolutamente nadie, mucho menos, el imperio, es decir, debe escribirse en el artículo 27 de nuestra Constitución, que la PROPIEDAD NACIONAL, en este caso, el petróleo y la electricidad, estarán, eternamente, bajo el dominio de la nación, valga la redundancia, siendo dueños de la misma, ahora, en 2013, la población total del país que es de 117 millones de personas y, después, el número que sea.

LA OBEDIENCIA DE LA DERECHA MEXICANA

Tanto en términos históricos, como ético-morales, la Presidencia de la República, los senadores y los diputados, no deberían ni siquiera hacer el planteamiento que está en boca de todo el país y es el debate político nacional del momento que abordamos con gran intensidad. Haciendo una interpretación leguleya y mezquina, los abanderados de la derecha mexicana, obedientes de las consignas que vienen de Washington, están tratando de dar el golpe para que el petróleo pase al dominio de las empresas trasnacionales que lo explotaban antes de 1938. Es una decisión que entraña la irresponsabilidad más grande cometida contra la nación y el pueblo mexicano, que estarían a tiempo de corregir y enmendar. De otra suerte, las grandes masas de este país, pondrán las cosas en su lugar, porque lo que puede venir, después de la entrega de ambos recursos al capital foráneo, será fatal y, no nos quedará, a los mexicanos, más que, como dicen en el rancho, “agarrar el toro por los cuernos”, esto es, restaurar la legalidad constitucional.

De ahí, pues, la urgencia de resolver un acto en el rango de la Constitución mexicana, que puntualice la categoría de PROPIEDAD NACIONAL, colocándola en un nivel superior, respecto a la figura de propiedad pública o estatal y, que, se diga con letras grandes en la Carta Magna, que la PROPIEDAD NACIONAL es  para siempre, intocable, eterna, imprescriptible, a perpetuidad.

 

   

 

 

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