Hay crisis, evidentemente. Grandes problemas en el país se detectan, se viven, en carne propia, en la piel, todos los segundos y minutos de nuestra existencia; no es necesario ser economista para interpretar objetiva y técnicamente la cruda realidad económica mexicana. Cien pesos, apenas si alcanzan para comprarte un kilo de huevo y tres bolillos, no más, si acaso unas cuantas tortillas y un puño de sal, siendo ésta, tortilla con sal, la dieta de muchas familias mexicanas y nayaritenses. Con mil pesos, entras a una de las grandes tiendas que especulan y explotan el consumo popular, y apenas si logras comprar un puñito de cosas, de productos, que, como arte de magia y en un dos por tres, desaparecen de la despensa familiar. Nayarit no se escapa a tal drama, es parte de él. La causa es el modelo económico, que sirve a unos cuántos, pero, a la gran mayoría del pueblo, definitivamente, no; a los trabajadores del campo y la ciudad, los golpea y lesiona tremendamente, día con día; este modelo de economía no funciona para los trabajadores nayaritas y mexicanos, por lo que, urge cambiarlo, pero, a la voz de ya; más, hoy, cuando la misma autoridad hacendaria federal, así como los ideologos y estrategas de este modelo económico atrincherados en el Banco de México, están ya reconociendo que hemos entrado a una etapa de desaceleración o depresión de nuestra economía.

Millones son desnutridos en este país, de acuerdo a datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Millones son analfabetos a lo largo y ancho del país.

Millones de compatriotas no tienen acceso a medicamentos.

Millones no cuentan con sistema de drenaje o cloacas en su vivienda generando ello problemas serios de salud.

Millones viven sin ver caer una gota de agua en su casa, porque ni sistema de agua entubada tienen.

Millones no tienen electricidad.

Millones no tienen techo o reposan en viviendas precarias, no obstante el derecho escrito en el cuarto constitucional; siendo, para millones, vil letra muerta.

Millones no tienen trabajo, empleo, por tanto, no tienen salario ni ingresos seguros que les garantice la sobrevivencia más elemental. Se estima que seis de cada diez mexicanos en edad laboral, viven en la economía informal, sin salario fijo, sin prestaciones ni acceso a seguridad, alcanzando la alarmante cifra de más de 4 millones de personas en la subocupación y en la informalidad de la economía nacional.

Millones no comen, viven y tienen y padecen la condición de seres humanos hambrientos, circunstancia que se agravó en los últimos días, pues la carestía se disparó más allá de los cálculos del Banco de México, registrándose en el mes de Mayo de 2013, precios sin control en el chile serrano, los jitomates, el pollo, el huevo, la cerveza, el gas LP, las gasolinas y en los restaurantes, sólo por mencionar algunos.

Millones, en este país llamado México, no pueden ir a la universidad a prepararse, cuando ésta, la educación superior universitaria, debe ser un derecho para todos y al alcance de cualquier mexicano o mexicana.

En pocas palabras, millones en esta gran república, como igual en todos los rincones del planeta que resisten a las estructuras neoliberales, no acceden a los beneficios y bienes de la civilización y la cultura.

Ello, porque el modelo capitalista no funciona y tendrá que desaparecer de la faz de la tierra y, por consecuencia, tendrá que emerger y surgir otro modelo que si funcione para todos los humanos.

El socialismo, por tanto, vendrá y aparecerá por todas partes. En los mismos Estados Unidos de Norteamérica, se implantará la patria de los trabajadores. En la Unión Américana, tarde que temprano, también se vivirá en el socialismo. Eso no tiene vuelta de hoja. Eso, es tan verídico y cierto, como decir que dos y dos son cuatro.

La llegada del socialismo es inevitable, tal y como ya se ve en regiones de la tierra, particularmente en importantes zonas de la América Latina.

El capitalismo fenece y se acabará para siempre.

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