Las manifestaciones en Brasil, no es para que nosotros, los activistas y militantes del campo de la izquierda, por consecuencia partidarios de ese método de lucha, echemos las campanas al vuelo; más bien, deben preocuparnos, porque hay allí, una cuestión sustancial.

No se debe perder de vista, que el fondo de las manifestaciones en Brasil, es vulnerar y desprestigiar al gobierno progresista encabezado por la compañera Dilma Rousseff, siendo, al mismo tiempo, un acto que pretende deshacer y desacreditar el proceso democrático que se vive en la América Latina y entrar a una espiral desestabilizadora en toda la región donde se vive un momento histórico inédito. No debemos ni podemos ser ingenuos. La ingenuidad en política es hasta pecado. Hay que decirlo con todas sus letras: la derecha está detrás de tales manifestaciones. Y hablar de la derecha, no es referirse solamente a los grupos conservadores de Brasil, sino, a la derecha mundial, porque, hoy más que nunca, la derecha está perfectamente globalizada y tiene su epicentro en el imperio yanqui, esto es, en los Estados Unidos de Norteamérica y, con más exacta puntualidad, en el Partido Repúblicano.

El gobierno actual de Brasil,  es el mejor que ha tenido, a lo largo de toda su historia, este país latinoamericano, desde que Luiz Inácio Lula Da Silva agarró el timón de la república en el año de 2003.

A los gringos no les gusta nada, pero nada, que en este inmenso país, gobiernen personas que tienen una mentalidad y una filosofía política de izquierda y que defiendan, por tanto, el interés social, entrelazado al interés nacional.

¿Cómo es posible que haya manifestaciones en un país, cuyo gobierno ha dedicado todo su esfuerzo en el crecimiento económico, por tanto, a la generación del empleo, logrando en el lapso de sólo diez años, construir más de 18 millones de puestos de trabajo, es decir, casi dos millones por año?

¿Cómo es posible que haya manifestaciones en Brasil, cuyo gobierno en pocos años le dió de comer a los millones de hambrientos existentes en el país y redujo la pobreza a niveles espectaculares, de tal modo que a 30 millones de brasileños que vivían en condiciones de estratos sociales bajos, los ubicó en la categoría económica de clases medias?

¿Cómo es posible que haya manifestaciones en Brasil, cuando el gobierno encabezado por Lula primero y, ahora por la compañera Dilma, generó un crecimiento del poder adquisitivo del salario de los trabajadores, en el lapso de diez años, de más del 50 por ciento, algo que no es común ni en América Latina, ni en Europa, ni en el mundo, ni en los países considerados por la propaganda neoliberal, de mayor desarrollo?

¿Cómo es posible que haya manifestaciones en Brasil, cuando en estos diez años de gobierno progresista, se reactivó la economía a dimensiones increíbles y espectaculares, impulsando y ampliando un sinfin de cadenas industriales, que colocan a esta nación como una de las de mayor crecimiento económico tanto en el continente américano como a nivel mundial?

¿Cómo es posible que haya manifestaciones en Brasil, cuando Lula, el iniciador del nuevo modelo popular y democrático que se construye en el país, está considerado y calificado como uno de los mejores mandatarios y jefes de estado a lo largo de la historia universal?

Las manifestaciones brasileñas incitan de manera natural una disputa entre la derecha y la izquierda. La derecha le apuesta a sacarle la mayor raja a las protestas. La derecha norteamericana y toda la derecha internacional se frotan las manos. Televisa está contenta y de plácemes, porque el Tío Sam también está esperanzado en el deterioro y hasta en la caída del gobierno democrático y progresista. No se saldrán con la suya. La izquierda está manejando con habilidad el suceso. Dilma respondió que se siente “orgullosa” de las movilizaciones, “esas voces de la calle, merecen ser escuchadas”, dijo. Lula, por su parte, ha expresado que “nadie en su sano juicio puede estar en contra de las manifestaciones de la sociedad civil”.

El problema de las manifestaciones y las protestas no está en su aparición. El problema está en el tratamiento que les de a las manifestaciones, el aparato del Estado.

Dilma, en su carácter de Presidenta de la República y, consecuentemente, representante del Estado brasileño, le está dando ya y, sabrá darle, en el futuro inmediato, el tratamiento político más adecuado a las manifestaciones que han surgido en el país más grande de América Latina y su gobierno saldrá fortalecido de la actual coyuntura tipificado por estas manifestaciones y protestas registradas en diferentes ciudades del Brasil.

Dilma y Lula son mucha pieza. La izquierda del Brasil es mucha pieza. El PT es mucha pieza. El Movimiento de los Sin Tierra es mucha pieza. La Teología de la Liberación es mucha pieza. El pueblo brasileño es mucha pieza. Con la añadidura: la Revolución de América Latina es mucha pieza.

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