Los mexicanos vivimos una guerra permanente. La batalla diaria entre pobres y ricos, no se detiene ni un instante.

Es la lucha de clases, la que está marcando la pauta de esa guerra ininterrumpida.

No se inmobiliza ni un día, ni un segundo, cada minuto se presenta esta lucha que estamos librando en nuestro país.

Igual, se lleva a cabo en cualquier rincón del planeta, donde persiste el capitalismo.

Capitalismo significa ó quiere decir que los medios e instrumentos de la producción económica y del cambio, están en unas cuantas manos, son propiedad de particulares y, eso, empuja a una disputa constante entre los que tienen todo, hasta de más, y aquellos que poseen sólo su fuerza de trabajo, siendo la gran e inmensa mayoría de la población.

La guerra no es solamente aquella que se refiere a la invasión o agresión militar de un país a otro.

Es guerra también, cuando adentro de los países, se viven tremendas desigualdades y, ello, incita una confrontación diaria y continua en el seno mismo de la sociedad, tal cual, ocurre en la república mexicana, por consecuencia, en nuestras entidades, donde ubicamos al Estado de Nayarit, que también está en una guerra incesante contra la pobreza y el hambre.

Rigoberta Menchú, Premio Nóbel de la Paz, ha venido repitiendo:

—La paz no es solamente la ausencia de la guerra; mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión, dificilmente podremos alcanzar un mundo de paz.

Sabias las palabras de Rigoberta. Tiene toda la razón. En su concepto, acierta en un ciento por ciento. Estoy totalmente de acuerdo con ella. No se equivoca en nada. Lo dice con precisión.

Seguramente toda la gente pensante del planeta, compartimos al cien por ciento este pensamiento de la compañera Rigoberta. Sólo los irracionales pudieran estar en contra de esta filosofía, que es profunda, cierta, veraz y oportuna.

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